
El único mundo que tenemos
Por Patricia Terraza
Invitada Especial
Buscando la etimología de la palabra recordar encuentro que viene del latín “recordari “, formado de re (de nuevo) y cordis (corazón). Recordar quiere decir mucho más que tener a alguien o algo presente en la memoria. Significa “volver a pasar por el corazón”.
Y me gustó muchísimo, más allá de cualquier análisis sobre si la memoria y/o los sentimientos se alojan o no en el corazón, que es otra discusión que aquí no viene a cuento.
Porque a las cosas que me suenan y resuenan bonitas no les busco explicaciones.
Volver a pasar por el corazón…..
En mi profesión – soy guía de turismo- me he encontrado a diario con personas que vienen a conocer o a recorrer o disfrutar de un sitio natural. Y creo que el rol fundamental de una guía de turismo es lograr un reencuentro con la naturaleza, brindar la posibilidad de armonizarse con ella, de sentirse parte.
Nos hemos desamorado del único planeta que tenemos. Vamos a tal velocidad por la vida que no nos detenemos siquiera a pensar en el todo que nos involucra y nos envuelve. Marcamos lugares como “visitados” y sacamos muchas fotografías que después quedan olvidadas en los cajones o cada tanto aparecen en forma de repaso en nuestras redes sociales.
Consumimos paisajes, consumimos lugares, consumimos naturaleza. Y es tanto el apuro que tenemos por transitar que no incorporamos la maravilla de notar como la vida se desarrolla a| nuestro alrededor, como se comunican los elementos de la madre tierra entre sí, como estamos involucrados en esta red perfecta de armonía, como no somos capaces de reconocer que el universo está destinando mucha energía vital en sostenernos.
Tenemos que volver a enamorarnos, así de sencillo como suena. Volver a enamorarnos del mundo que nos alberga y da cobijo, volver a sentirnos parte vital y necesaria, volver a ponernos en la ecuación en las relaciones entre los seres vivos e inanimados.
Dejar de lado los apuros, respirar con conciencia el aire puro de una montaña, del mar, de la selva o la llanura, dejar de pasar de todo y descubrir la sencillez de una pequeña flor o la resiliencia de las plantas, las huellas de los animales en los senderos, intentar por todos los medios de acallar nuestra mente y guardar las máquinas fotográficas en las mochilas.
Para recordar, para volver a pasar por el corazón lo que ya hemos vivido, esa hermosa sensación de la energía vital que nos acompaña y nos nutre desde que nacemos.
Volver a enamorarnos del único mundo que tenemos y en la única vida que nos ha sido concedida, para que lo que importe sea lo verdaderamente importante.
Y quizá entonces entendamos porque debemos conservar, proteger y cuidar. No dejar residuos, no cortar, no lastimar, no sentirnos la especie dominante.
Porque entonces los invitaría a pasar un buen rato bajo un cielo estrellado, o a caminar por un bosque milenario, o subir a la cima de una montaña. Y en esos lugares y en esa situación, le pediría a alguien que me responda si verdaderamente cree que es el individuo más importante del universo.
Nota ilustrada en REVISTA CLADA Nº 11



